Soledad

La parsimoniosa canción de los búhos ulula en la lejanía del tiempo.
Se fueron.

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La quebrada de los pájaros gritones

Mañana quizá llueva. Me haré vestir las hojas que antes cayeron tendidas, al paso remolino del viento. Haré vestir mis pies, del lodo sagrado de andar tan lejos, en la honda quebrada y sus ruidos, pasadas las seis de la tarde, en el tiempo de los pájaros gritones.
Quizá me arrepienta de no dar otro paso, de hacerme pequeño durante el ocaso, cual vago y dueño del mundo, por sentir miedo de volver a casa y dejarlo todo. El todo preparado con su bien:
listo el café, el pan y los frijoles. La tenue silueta que nos encadena alegremente a la nada.
Llegué invisible al hogar y a su grillo, entré a la cama y fingí ser nadie. Dejé de existir. Sé, que siempre vale la pena quedarse lejos un rato más o huir para siempre, porque nunca más se vuelve a sentir el miedo de poder volar.

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La mejor canción nunca se nombra. Se calla.

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Ella

Vos siempre has vivido allí, pequeña,
con tu hábil mano blanca
y La Luna en tus ojos penitentes,
siempre
oculta entre las ramas de la noche.
Vos sos la que siembra semillas
que nunca dieron frutos
y que jamás darán flores;
Sos la discordia remolina
que baila, sin importar las canciones,
en tu juego preferido inagotable,
la comida del oído cochambroso
que no puede dormir sin saciarse.
Te conozco.
De niño, recuerdo tus saltos en mi techo,
tus pasos levemente escuchados
que vienen de anegar la luz
para otro acto
lleno de gritos, risas y más llantos;
Recuerdo, escuchar tu voz
mi nombre rumorado en tus labios
sonido que sale desde ahí,
donde no se puede ver y no quiero mirar.

 

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Historias, de la nada

De las mismas calles de este centro,
de la loca ilusión de sí parida,
fuego adentro del mesón extinto,
son estas manos.

Mis negras manos,
hechas para el vuelo,
que no saben decir ni escuchar,
ahora saben dar pasos.
Mañana no vendrá aquel pájaro,
nada viene sin partir.
Vista desde aquí la luna
brilla tenuemente sin mirarme,
brilla poco y llueve sin poder consolarse.

La solemnidad de la idiotez
me invita un trago,
disiento por supuesto
consciente del presente arrepentido
y otra vez
arden mis labios.
Este fracaso y su alegría
me hace pensar que bailo
como loco que baila con la gravedad
que se perdió
y me dejó ahí
sin compañía;
no puedo arrancarme del suelo,
me cuesta tanto.

Esta vez no mojaré mis patas,
nada de enlodar el rostro
nada de decir palabras
he de hacer
silencios respirados
siluetas con las manos
y gestos con los pasos
que se van para volver
al viejo rincón donde está todo,
al viejo rincón de la nada.

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Maniqueo, alguna moral y el crack en la Zacamil, 1995

Han vuelto las hormigas

imagino que

cada uno de mis dedos es una de ellas;

Algo buscan y no encuentran.

Y hay luz,

y no la hay

y se hace piano el material bajo el zapato;

Cae una hoja hacia el suelo,

gira cual suicida arrepentida.

Giran los dedos,

sus músculos,

algo quieren localizar.

Han vuelto las hormigas

imagino que

cada uno de mis dedos es una de ellas;

algo buscan y no encuentran,

algo quieren localizar todavía.

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e-mail

No hace falta más
vivir dolor profundo
metido en canciones
metálicas silentes
sin comparación;
al escuchar
la fragancia
acostumbrada,
el iris de los pobres
la arrogancia contenida en los deudores
la exactitud
de la naturaleza
sofisticada
analfabeta
y tecnológica
separada
los ceros de los unos
los unos de los ceros
shift es igual a segunda función
verdá
te amo para siempre
u
borrar;
la gente
acostumbrada se equivoca
y le da enter.

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El animal

Yo no sé si
las cosas existen porque están ahí,
lejos,
o por mi culpa natural.

La felicidad desaparece por completo,
se oculta de mí para siempre
y aúlla en la lejanía más cercana.

Veo mis extremidades confusas,
antinaturales,
que se juntan y no pueden conmigo
y me botan al suelo
con su cara amenazante
llena de valores tan de mí, el animal.

Que no me quieren, que uno es malo, que es delincuente preparado,
y yo que me oculto en la luz
sacrificadamente, para complacer a los gustos
sin ningún aplauso por tanta valentía, tantos buenos sueltos por ahí:
entrar a cualquier parte donde halla luz
y salir lleno de ella…
Una gloriosa azaña, naturalmente.

Entrar a la noche manifiesta ya sin luz ni nada
nos hace aparecer en todas partes
llenos de oscuridad
y amamos la luz de verdad
y no hablamos de ella,
sabemos que la necesitamos para siempre.

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Cebada, 1980

Hoy te voy ha escribir soledad
maldita
por qué no te vas conmigo
de una vez por todas
y tomamos cebada
lucuados
cortamos mangos
partimos almendras
sentirnos alegres
hijos de puta de los ochentas.
Maricones que no pueden bailar con mujeres
que bailan entre sí
buscadores de juguetes entre la basura
bailábamos entre nosotros
los amigos
bajo el palo de mango
descalzos.

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Luciérnaga, 1980

Uno tiene los ojos cerrados
esta en la oscuridad
uno bebe el hilo del café listo
escucha la radio
amargo
y se es humo por completo
y quizá una luz brilla
y sos vos
la bicha vaga
que desaparece
y se va sin mí
y no soy nada por primera vez.

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