Carlitos Merlos

De los hombres que hacen y ordenan palabras recuerdo a uno, mi Abuelo Carlitos Merlos. Hace mucho tiempo me llevó de aprendiz de linotipista a la imprenta Nacional de El Salvador donde el trabajaba, duré cinco días a su lado, aprendí a ordenar letras y a observar los pájaros que habitan los edificios que rodean la Plaza Bolivar.

Vestido de traje y boina, como obrero Europeo,  caminaba Carlitos, linotipista de la Imprenta Nacional de El Salvador, a quien todos los días le cuesta llegar a la salida  del edificio por ir dando  abrazos a toda la gente, por ir saludando.  Al  Viejo se le veía andar  en posición  de montar caballo, con las piernas encorvadas en definida intención de  esquivar un objeto  contra él expulsado, caminaba empujándose la espalda con su propia mano para avanzar más rápido y con el sentido de urgencia que hace que cualquier persona que está en su camino, ceda el paso.

Fuma cigarros baratos, se sienta a hablar poemas locos en las  bancas del Parque Bolivar, se  expresa Rosa Crux en cualquier parte, comunista en privado y en el cotidiano, se le ve fiel enamorado  de sus musas que,  como en la pupila del Quijote, están llenas de hermosura hasta en la más sincera de sus formas alegóricas al imaginario de Botero.

Cuenta mi madre que una vez el ejército lo buscaba, que él estaba dentro del cuartito que habitaban y que cuando entraron los de verde no lo vieron aunque estaba frente a ellos sentado; el viejo se había ocultado  haciendo un gesto con las manos, haciéndose invisible mientras echaban los tiliches a volar  por la calle.  Mi madre me dijo que ella y sus ocho hermanos eran cómplices del misterioso acto, ellos si lo veían  y hacían como si no lo vieran, mientras escuchaban gritar los  insultos más chistosos  para que se presentara el subversivo anciano.

Después del desorden quedaba el viejo  pensativo y con una de sus manos cubriendo sus labios. Se le veía tranquilo después del cateo violento, y estirando su brazo en esa ocasión  recogía un libro que hacia años andaba buscando y que gracias al ejercito, según él, había encontrado. Luego contaba el valor que representaba para el un libro y su fina pasta que él mismo había trabajado en sus primeros años como aprendiz en una imprenta, en uno de esos barrios olvidados. Una vez más Carlitos Merlos burlaba al ejército con las manos.

Dice mi madre que el viejo meditaba hasta poner su cuerpo más liviano que el aire. Que hablaba con seres extraños, que pasaba largo rato recordando lo del sindicato en FENADESAL y de cómo burlar a los ingratos militares con las manos.

Cuando Carlitos  Merlos llegó a bien viejo se fue haciendo Caracol, mi madre lo alimentaba   como a un polluelo de un pájaro. Al final el viejo se fue enrollando tanto y tanto que desapareció en si mismo, en esa ocasión yo fui el cómplice del misterioso acto.

Anuncios

About neggfre

Creo en mi gente humilde, busco en sus miradas la historia mía; Pienso en el árbol, los ríos y en otras formas de vida que me ilustran la inmensidad de la naturaleza.
Esta entrada fue publicada en la sombra de las hormigas. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s