La plaza de la esclavitú

El Centro Histórico de San Salvador es un lugar tendido sobre muchas Historias. Su arquitectura la compone un acumulado de viejas láminas corrugadas, champas del comercio informal y techos con rostro enmohecido resguardan en tiempo de lluvias a ocupantes citadinos. Sobresale en este lugar el descuido humano y el empobrecimiento.

El sol se impacta antojadizo e incandescente, hace palidecer las estructuras de antiguos edificios sin darle cuenta al tiempo de su paso sobre aquel satírico dibujo; la vista del gentío transeúnte, de paso ligero, se ocupa simplemente de cuidar su camino hacia su destino claustro; En la plaza libertad la gente oculta su mirada, no se encuentran fácilmente entre tanta gente.

El hollín cobija la piel de las casas antiguas del centro, oculta la piel de la infancia que crece al margen de esas calles estrechas; una mano infantil se hace Rosa entre el escándalo; la recién nacida anida en una cuna hecha de maderas residuales, de esas maderas que fueron cajas para transportar las cosas del mercado, de esas cajas que sugieren, que la infancia contenida, es simplemente una mercancía más en la cuadra.

Un Ángel sobrepone su cuerpo ante todas las multitudes de la plaza; Por las tardes, a sus pies canta un hombre de cabello cenizante; lo engalana su guitarra armoniosa, que es guitarra pobre y enamorada fiel del hombre que seduce sus cuerdas con el tacto viril de sus manos, su vos armoniosa y su tesitura borracha. Hombre y Guitarra se escuchan por toda La Plaza; juntos arrullan al sol, este se duerme despacio sobre los pezones dorados de la tarde; El último pájaro recoge su vuelo para dejar caer el cielo y el brillo inquieto de las estrellas.

A finales del siglo XX Conocí a un hombre triste. Sus ojos eran como cristales. Su vida se expresaba amable y tierna ante cualquier persona. De buena posición económica era aquel hombre, su hermosura me resultaba inédita. Cristiano por convicción, parecía huir del licor a través de oraciones extensas; en cada oración se escuchaba pedir el regreso de su musa, mujer con aire exquisito y elegante, que conocí personalmente en una ocasión familiar al que fui invitado.

A finales del siglo XX me invitó a una de sus salidas. Eran las ocho de la noche cuando preparábamos comida para compartir con las gentes indigentizadas que se resguardan del frio bajo los portales que rodean aquella plaza. Era ese mes de diciembre de los 90`s, con el frio abotonado hasta el cuello; nosotros permanecíamos con las manos frías pese a ocultarlas en los bolsillos. Cuando llegamos la plaza se encontraba vacía, no había en aquel lugar persona alguna. Solo estaba el viento remolinando sus largos cabellos para el silencio expectante de la noche, bailando frente al Ángel muerto que adorna la Plaza Libertad.

Con el tiempo empezaron a llegar seres humanos traicionados por nuestra sociedad. Al encuentro del banquete venían figuras insoñadas. Una Mujer de unos veinte años, llevaba sobre su espalda el pesado dedo de Dios, la carga había desfigurado su cuerpo; otra carga en sus brazos la inclinaba mas hacia el suelo. Con cierta dificultad se veía el que podría ser el mesías mio, un niño pobre, un recién nacido cubierto del hollin por un sucio ropaje. Mi Musa se alimentaba de pegamento mientras cargaba al niño.

Un hombre sin una de sus extremidades inferiores se movilizaba hacia los brazos de aquel hombre amable, se desplazaba con la ayuda de unas viejas muletas bañadas por el humo de la ciudad. Niños y niñas con las manos añadidas a su rostro, abrazaban nuestros cuerpos con una mano mientras sostenían, con la mano oculta bajo sus ropas, un objeto cilíndrico plástico. Sus miradas descansaban en mis ojos aunque nunca las encontré dibujadas en los míos. Al ver la sinfonía de la injusticia recordé las palabras de un comunista diciendo, acerca de la economía de los Naturales Mesoamericanos, la siguiente frase: bendito sea el Cacao que da una bebida sabrosa y no se puede acumular.

A un lado de la plaza libertad existe un espacio en el cual se comercia ilícito en un 80%. Se haya en este espacio un monumento invisible, de unos siete metros de altura, setenta centímetros de ancho, un obelisco. En ese lugar, a plenas once de la noche, inicio una especie de culto característico de los cultos de los grupos evangélicos que visitan aquel lugar. Se había reunido en aquella estancia una legión de gente indigente, amable y cariñosa. Cuando inició el momento de las alabanzas, todas las presentes alzaron su única mano libre, mientras ocultaban el objeto cilíndrico y plástico bajo sus ropas. Se escuchaba la alabanza que dice de la manera siguiente:
-El me levantará,
-El me levantará, El me levantará……
-Con sus manos me sostendrá, así es El Señor…

Mientras aquella legión de gente indidentizada cantaba, se escuchó un calzado militar dirigiéndose hasta aquel aposento. “Creo que Dios mando a sus ángeles a poner orden”. Salieron corriendo algunos de los niños; las niñas se ocultaron rápidamente escondiendo su cuerpo de los centauros uniformados y hambrientos. En menos de una hora Dios mando a  levantar a todo aquel gentío que se dejara levantar, la alabanza había sido escuchada.

La policía requisó con sus manos culpables a algunos de ellos y se fueron con su sombra animalesca por las calles de la cuadra. El ánimo de las gentes que se congregaban en aquella noche se hallaba incomodo y acostumbrado. El alboroto dejó al descubierto una figura que no he de olvidar nunca: La Mujer que llevaba en los brazos al niño recién nacido, mostraba por accidente una de las traiciones más grandes de los seres humanos: Un recipiente plástico, cilíndrico, conteniendo pega de zapatos, hacía las veces de un biberón; el niño inhalaba pega como lo hacía su madre.

A la hora de la partida mi corazón estaba hecho pedazos. Un niño de unos 12 años de edad abrazó a mi persona, me dijo sonriendo tiernamente, mientras me daba su abrazo cálido, ese día 24 de Diciembre, de la década de los 90, la siguiente frase: yo quisiera tener familia como otros la tienen.

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About neggfre

Creo en mi gente humilde, busco en sus miradas la historia mía; Pienso en el árbol, los ríos y en otras formas de vida que me ilustran la inmensidad de la naturaleza.
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