La Curandera del pasaje de Los Coyotes

¡Qué gentío!. Al rededor de la Iglesia Basílica, en el centro de San Salvador, se concentran muchos ruidos pregoneros, su principal escenario se encuentra sobre la calle nombrada Quinta y Décima, que es llamada comúnmente como el pasaje de Los Coyotes. Esta calle ha sido nombrada así porque en ella la justicia existe sin la justicia, con normas sociales dispuestas por lo incierto y silencioso de la sobrevivencia y las leyes del hampa.

En simples palabras es un lugar construido por sobrevivientes del capitalismo en pleno capitalismo, es un breve reflejo de éste, un lugar capitaloide rodeado de mercancías de dudosa procedencia, para gente de clara procedencia social. En él se escuchan gritos de todos los tiempos: de niños, niñas, juventudes, viejos y viejas. Nadie escapa a ésta realidad realmente surreal. Ni pájaros, perros, aves y gatos. Nadie puede escapar.

En aquel sitio no existe el silencio. El ruido a conquistado las palabras, de tal manera que la gente habla ruido, poesía ruido, música de los gritos y ni siquiera se escucha el viento.

Con el tiempo se aprende a leer los ruidos y el sentido que cada grito contiene; se llega a comprender cada una de las palabras dichas en aquel pasaje sin tiempo, que es como ayer y siempre. Hay entre todo el bullicio, ruidos que expresan hambre, calor, frío, salud, enfermedad y el más difícil de entender de los ruidos: El ruido que esconde al amor.

Diferentes champas enmohecidas componen todo el escenario. Todo es un dibujo satírico que ocupa muchas cuadras del centro de la Ciudad Capital. Y es precisamente en uno de esos changarros que existe una mujer que sabe ruidar la palabra amor. Creo que es la única en aquella cuadra; se le puede ver con su rostro pintado, alegoría de pájaro multicolor, con sus mechas trenzas, delineadas las cejas, piel cobriza, delantal y con su mirada justiciera y amenazante puesta en el gentío y sus necesidades intangibles.

En su changarro se encuentran elixires para la salud, el dinero, para el imposible llamado amor, para el desamor, el odio, la venganza y hasta para la razón. Muchas gentes ven de reojo las mercancías, otras se acercan para buscar una esperanza misteriosa. Y es que cuando se ha desahuciado a una persona, la esperanza se haya en los lugares menos pensados y eso lo sabe muy bien nuestra vendedora de esperanza..

A su champa se acerca un hombre, indeciso en su marcha pero convencido de que su problema será resuelto con la ayuda de la Curandera. De pronto, un alboroto hace que la cuadra se caliente: parece que en las cercanías hay un desalojo de ventas informales. Lastimosamente para el hombre indeciso, el suceso obliga a todo el mundo a cambiar el ánimo de las ventas. El cliente, tímido, prefiere dejar para otro momento su necesidad y decide alejarse rápidamente del alboroto.

De pronto aquella gente que se gana su pan con los ruidos de la voz, en plena calle y con pregón bajo el sol, se amontonan en grupos dispuestos cada esquina de las cuadras, con el fin de defender los pedazos de tierra urbana, precaria que llmana lugar de trabajo. Como dice mi amigo Alejo, el que antes vio un demoníaco Hombre pájaro Negro, las luchas por la tierra no solo se libran en el campo, en la ciudad se lucha por un metro o dos para poner changarritos y poder sobrevivir. Es lo que dicen la mayoría de ancianas que ahí trabajan. Vuelan los pájaros, uno se detiene junto a una de esas ancianas, de edad más intima con la muerte, que se ganan la muerte sobreviviendo en las calles.

Después de unas horas de alboroto, las cosas vuelven a la normalidad tal y como se conoce la realidad en esos telares. Muy bien se sabe que en ese lugar no se lucha más allá de las cuadras, de las ventas y el comercio informal; en este lugar la forma capitaloide de subsistencia, es una necesidad para esta gente, no conocen otra. En torno a esa miseria reducida al nivel económico, se organizan aquellas gentes. Llega la noche y algunas personas deciden quedarse a defender su champita de lamina, otras su champita de estructura modesta y otras a cuidar su superchampa.

Por las noches, El Centro es un lugar muy sereno. Sus calles son húmedas aunque no llueva; hay en las esquinas y la calle cajas vacías, basura por montones, pasajes oscuros y vigilantes solitarios. Se ven siluetas de gatos sobre las champas y lejos de la silueta de los felinos, las ratas surfean las olas láminas, pasando de una champa a otra sin ser amenazas.

Cuando se defiende el pedazo de tierra urbana por las noches, se duerme en cartones que aislan efectivamente del frío y del sereno, lo he comprovado al acompañar algun proceso entre las gentes del mercado. Hay mujeres que tienen esta noche a sus hijos; se ven niñas recién nacidas en las cajas de madera que hacen las veces de cuna, después de vaciarse de frutas o verduras. Otras personas dedican la noche para adorar con ruidos a Dios, para ruidar alabanzas entre la noche, que es también ruido.

Las gentes que no están orando o en alabanza, se reúnen entre las champas y su mercancía cubierta con plásticos negros, para disfrutar café, de ese café que vende una mujer anciana en su carro ambulante. Después de vender sus vasos de café la anciana bendice a sus clientes y se va, se pierde en las calles oscuras, le sigue a la nada su perro seco, alegre en el ánimo de la cola.

En la rueda se habla sobre el número de agentes dispuestos para el desalojo. A este grupo represivo le llaman Umito, en sentido humito, pero también como remedo de la fuerza represora llamada Unidad del Mantenimiento del Orden. Se observa preocupación pero además valor. Después de hablar de la fuerza represiva y sus posibilidades ante ella, se despiden y se van a descansar. La noche es jóven y apreta en el zapato.

Entre la resistencia que se enfrenta al desaolojo, se ecuentra aquella curandera del pasaje de los coyotes, viste todos sus colores, y el mejor de sus suspiros renace cuando habla de fuerzas represivas y pósimas para los amores.

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About neggfre

Creo en mi gente humilde, busco en sus miradas la historia mía; Pienso en el árbol, los ríos y en otras formas de vida que me ilustran la inmensidad de la naturaleza.
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