Adiós, Ahubarás

A lo lejos, tras de mí, se iba desdibujando un camino que antes fue desconocido a mis sentidos: Ahubarás.

A mi llegada, aquel sitio era un ruido desordenado e incompresible, la lejanía se hacía frente a cualquier cosa, todo era distante a mi saber, la lejanía se hacía en las miradas y su descaro inocente, acusadora y señal de miedo a lo foráneo. La distancia se hacía en el rostro de los oriundos, cundidos de secretos sin preguntas, sin respuesta y en la sorpresa nativa al verme extanjero.

Todo me resultaba extraño, cada cosa. Hasta mi andar, escrutado y sin recervas, era extraño. Mi timidéz se hacía, en los bolsillos llenos de nada, un puño huyendo del frío. Yo era un exraño para mí y para toda la gente. Y entre tanta gente repetida, diferente a mí, como yo frente a toda ella, mi ser era un simple pasajero de un recuerdo líquido. Ahubarás es un sitio de gentíos y soledades, ruido y un gran silencio, yo más entre ellos.

Aquel día, recuerdo que la noche me recibió a tono de lluvia tierna, mojando las calles, bajo el frío, cuando la penumbra brillaba en ausencia de estrellas. Me hice a los perros, a su sonrisa y su latido; los perros son amigos de los locos, de habitantes nocturnos de calles sin consuelo. Sentí frío y con los perros nos abrazamos a una esquina, escondiendo los pies de la lluvia, los perros escondían las colas.

Era tarde. El sueño no es amigo de los solitarios, sí la noche. La esquina que guardaba mi soledad no estaba muy lejos de un griterío de gente, de copas y preámbulos a la desnudéz dicha sin luz, cual beta del brillo del tacto húmedo en movimiento.

Mi mente vagaba en el pasado, en la frustración insípida de otros pasados. Mi mano vagaba por mi frente. Ningún nombre ha de repetirse en soledad, me decía en mis adentros, los huecos se estremecen sin destino, cuando el invierno llueve en algún recuerdo. Lo único que queda es imaginar otros nombres, los nunca dichos por el alma, esos son los mejores. Para eso es la soledad, para hallar compañía en ella.

En menos de un todo, los gritos y el ruido acampaban rodeándome. Eran las cinco de la luz nueva; mis ojos, como la luz aquella, caminaban despacio cubriéndolo todo, mirándolo todo, abriéndolo todo. Despertaba a la luz y de mi sueño, que duró unos segundos, antes que partiera la noche, dejando su eco tímido en la caricia de la aurora.

La luz era Ella. El silencio entre el grito, Ella; la voz entre gritos, Ella; la flor sin precio, Ella; invisible al gusto y plantada en tierra, Ella; toda vida era Ella, frente a las moribundas rosas, mutiladas en venta, agonizantes, en la mano de los niños, de las niñas que venden rosas y lástima entre las calles. Me sentí tan muerto como una semilla, mi resurección era cuestión de cultivo y, ante mí, se abría surco mi vida en la piel de Ella.

Sucio, andante de miserias impuestas, mas siempre amante, dispuse mi andar a su camino. Lavé mis zapatos con agua de charco, ignorando los visibles agujeros en su piel, y a mis labios, halé con el índice, señalándo el sentido de una sonrisa. Estaba listo para decirme por primera vez en aquel lugar. Mancha, uno de los perros de la calle gris nocturna, era, para ese entonces, mi Lazarillo, entre aquella cuidad de la tristeza, porque la tristeza es como una forma de silencio de la luz. Mancha se adelantó diciéndome prisa, se detuvo adelante para ver hacia atrás mi parco avance.

La alegría bailaba en mis pasos, el perro movía la cola, el gris de la ciudad permanecía más gris cada minuto, se escurecía con el pasar de los minutos. Ni todo el ruido de la ciudad me hacía volver mi atención al grito, a la bulla, al asalto y al crimen, nada ni nadie era más claro que el brillo de mis pasos andando hacia Ella.

Distante, cerca de mí, rodeándome, una balacera u ofensiva se extendía. En mí el silencio. Frente a mí, Ella.

Sus ojos se alinearon a mi cordillera, nos vimos. Por primera vez ronrroneban los pájaros, los perros latían y aquella flor cualquiera y plantada era bella, no tenía precio. Una mariposa Azul fijaba sus anclas a la flor plantada en silencio, en cualquier pared y sin jardín, cultivo a capricho del viento y donde menos se espera crezca una flor sin precio. Del Sol se veía caer un soplo sobre pétalos, sobre aquel rostro sonrojado, ante la luz de mi mirada.

Mirándonos, todas las palabras dijimos, las escuchamos, bailamos, fuimos abrazo, cantamos los mejores charcos, besamos nuestros ríos, fuimos tacto, fonémas líquidos, fuimos todas las palabras…menos una.

Un silencio vacío nos sobrevino, las miradas se apartaron.

No sabíamos qué decir. No teníamos nada más que decir. Habíamos llegado al amor sin hallarlo. Lo supimos en la tarde, cuando los pájaros vuelan sin dejar brillo, cuando la noche abre sus brazos y cierra sus ojos y emerge el grito silente de su majestuosa presencia. A la noche siguió la lluvia y Mancha se fue con ella.

Salí de noche, mientras llueve como quien muere; entre el camino me alegra los pasos una breve luciérnaga que aparece y desaparece, como algún no sé qué en mi pecho, en su largo camino hacia no sé quién.

A lo lejos, tras de mí, se iba desdibujando un camino que antes fue desconocido a mis sentidos: Ahubarás.

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About neggfre

Creo en mi gente humilde, busco en sus miradas la historia mía; Pienso en el árbol, los ríos y en otras formas de vida que me ilustran la inmensidad de la naturaleza.
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