Suicida

Soplé. De la ocarina surgió un demonio de breve pelaje. Parecía estéril cuando vino a mí. Sin embargo, sus esperpénticas alas lograron mis ojos. Después tocó mi boca, caí muerto.

Sobre mí la lluvia. Derredor silbó la soledad. Sopló sus vientos, meció mi pelo con sutil aliento y sentí frío en mi corazón. La noche amanecía como extraña primavera, floreciente de sombras y ruidos; de las bocas muertas emergían violentos oleajes fétidos y gritaban en silencio. Todo indicaba una tortuosa afrenta con la muerte.

Sufría un estado de terror cardinal. Era una tarde nocturna, vestida de preguntas sin tiempo. Estaba desorientado y sin paz, buscando razón de la realidad que sostenía mi vida, en la inmensa soledad de miserias nunca conocidas.

Llegó totalmente la noche. La oscuridad me abrazo más espesa y creí mi situación en un cuarto pequeño. De no ser por los gritos aterradores que se escuchaban en la imaginación de la lejana distancia, la sensación espacial indicaba un claustro.

Cerrados o no, los ojos veían la noche. Toqué con mis manos el suelo. Mis simples sentidos provocaron una sensación de vómito que logró pegar mis costillas con dolor agónico. No sé describir aquello imaginado. Todo lo que logré ver con las manos se hallaba en todas partes de la oscuridad. Aún me provoca asco el recuerdo del tacto.

Estaba acostado sobre tanta imaginación. El cansancio acomodó mi asco sobre un pantano de preguntas, olores fétidos, texturas fisgosas y huesos mutilados. Me dormí cansado de todo.

La oscura mañana amaneció de nuevo. A diferencia del negro total de la noche, la mañana significaba la posibilidad de observar todo aquello.

Me descubrí en un lago de cuerpos desmembrados, mutiladas sonrisas, putrefacciones, líquitos humeantes de vapores y restos de animales entre pertrechos macabros igual sin vida.

Miles y miles de kilómetros de homogéneo paisaje se extendían rodeando mi ser. No habían pájaros, ni árboles. Despacio pude ver a otras personas caminando. No era el único allí. Sentí una relativa calma en mi cuerpo. De pronto, escuché un silbar distante; era la voz de un anciano instrumento hechizando mis pasos.

Corrí hasta perder la respiración. Corrí entre todo tipo de pertrecho. Corrí tropezando y levantándome, ahogándome y respirando. Me acerqué a uno de los humanos y éste al verme tuvo miedo; un terror lo ahuyentó de mí, sin embargo logré tocar su hombro. Al instante aquel hombre rodó muerto y de sus manos cayó una vieja ocarina.

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About neggfre

Creo en mi gente humilde, busco en sus miradas la historia mía; Pienso en el árbol, los ríos y en otras formas de vida que me ilustran la inmensidad de la naturaleza.
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